POLÍTICA DE PRINCIPIOS/ La contrastante condición humana

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JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

El movimiento no fue de izquierda, sino un estallido, un aldabonazo de que algo estaba mal. La mejor definición la dio Conchello: “Esta juventud iracunda no sabe bien a bien lo que quiere, pero sí lo que rechaza”.

Pobres de los pueblos que necesitan héroes.
Bertolt Brecht

No tuve la fortuna de tratar a Luis González de Alba, pero sí la satisfacción de leerlo, desde su primera novela, Los días y los años, que tanto disfruté hace algunos lustros. De las virtudes que han destacado muchos editorialistas, me parece que la más relevante es su absoluto respeto a la verdad, su denodado empeño por encontrarla y difundirla. Le hizo un gran servicio a quienes se dicen de izquierda al criticarlos y señalarles sus incongruencias y contradicciones. Lo respaldaba una gran autoridad moral, su integridad y su calidad intelectual. Por muchos testimonios, destacaba también su esmero en cultivar amistades. Coincido con él en haber roto con muchos mitos sobre el movimiento del 68 y resalto dos que me competen de forma directa.

El movimiento estudiantil no fue de izquierda, sino un estallido, una implosión, un aldabonazo de que algo estaba mal. La mejor definición la dio José Ángel Conchello: “Esta juventud iracunda no sabe bien a bien lo que quiere, pero sí lo que rechaza”. Las únicas voces de protesta por la represión gubernamental fueron de panistas en la Cámara de Diputados.

Otra cuestión que me ha molestado es que quienes han escrito sobre el movimiento, respondiendo a una vieja tradición centralista, solamente se refieren a lo acontecido en la capital del país, cuando en muchos estados hubo manifestaciones de solidaridad, específicamente en Xalapa, donde yo era presidente de la Sociedad de Alumnos de la Escuela de Derecho. Para el 2 de octubre estaba en la cárcel junto con otros líderes estudiantiles, entre ellosRoberto Bravo Garzón, futuro rector de la Universidad Veracruzana.

Por último, suscribo la petición de González de Alba y exhorto a mis correligionarios en el Senado para que se le otorgue la Medalla Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas Cámara. Sería un acto de justicia y un mensaje de que se premia el heroísmo. Los mexicanos hoy están ávidos de ejemplos dignos y solidarios, de gestos que estimulen nuestra endeble confianza en el otro y que fortalezcan nuestros debilitados lazos de unión y de fraternidad. Ante muchos hechos condenables por su crueldad y su violencia, hay que destacar aquellos, aunque sean aislados, que nos hacen confirmar la capacidad de sacrificio.

Son muchos los criterios que han prevalecido para otorgar esta presea y con algunos de los galardonados se ha puesto de manifiesto cierto oportunismo político. Nunca como hoy sería bien recibido por el pueblo de México el reconocimiento a un ser humano capaz de dar su vida por la de otros.

En contraste, resulta bochornosa la forma de tratar a los gobernadores señalados por corrupción. Todos ellos han perdido las elecciones y pareciera procederse más por venganza que por justicia. De ninguna manera asumo su defensa, a todos los denuncié cuando aún estaban en el poder. Sorprende, en el caso de Veracruz, escuchar a quienes antes alababan al gobernador, pedir hoy su cabeza. Es reflejo, una vez más, de pequeñez y mezquindad de nuestra ya de por sí desprestigiada clase política.

Una frase de Jesús Reyes Heroles viene como anillo al dedo: “Si en algún aspecto es válida la figura de cabalgar sobre un tigre —incómodo al ir sobre la bestia, pero muy peligroso bajarse exponiéndose a ser devorado, mordisqueado o a recibir zarpazos— es en la política; y ni siquiera apearse por defunción salva del embate de la fiera”.

Ciertamente, después de 46 años en política, mi capacidad de asombro no deja de agotarse en esta difícil tarea de conocer al ser humano en la profesión que más desnuda el alma.

Cuarto Poder de Tamaulipas/