POLÍTICA DE PRINCIPIOS/ La Constitución de la CDMX

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JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

Creo que desafortunadamente la brecha entre el México real y el México legal se profundiza. Este documento, que puede ser calificado de muchas formas menos de ser una ley, contribuye a ese contraste.

La politiquería es el juego de una ambición sin responsabilidad.
Rodrigo Borja

La historia se repite. No coincido con que la primera versión es tragedia y la segunda es comedia; más bien son una mezcla de ambas.
En la década de los setenta, Porfirio Muñoz Ledo convenció a Luis Echeverría de proponerlo como secretario general de la ONU. Con ese fin, elaboró la Carta de los Deberes y Derechos de los Estados, un documento de contenido equívoco y demagógico. Se presentó en la reunión de la UNCTAD en Chile y después fue aprobado en la ONU. México invirtió muchos recursos para lograrlo, pero hoy sus diez puntos son letra muerta ante la globalización.
Muñoz Ledo repitió la estrategia, ahora convenciendo a Miguel Ángel Manceracon una Constitución para el tercer milenio: el faro que ilumine el horizonte de la ciudad por las próximas décadas y el modelo jurídico a seguir en todas las reformas.
No había necesidad de ello, bastaba con una ley reglamentaria del artículo 122 constitucional, una sencilla ley orgánica o, si se prefiere, un bando de policía y buen gobierno. Nunca debió haberse integrado una asamblea constituyente puesto que el poder ya está constituido. Desde el origen tuvo un sustento equivocado. Constituir es un verbo transitivo relacionado con instituir: “integrar, establecer o fundar”.
La nueva Constitución de la Ciudad de México es discurso, pliego petitorio, conjunto de proclamas y aspiraciones, plan, exposición de motivos. No es un documento conformado por normas jurídicas. En muchos de sus artículos no se percibe quiénes son los sujetos activo y pasivo de la relación jurídica; es decir, quién tiene el derecho y a quién se le exige su observancia.
Lo más interesante, para culminar con la demagogia por desgracia presente siempre en la elaboración de nuestras leyes, son las declaraciones de quienes se ostentan como sus autores y promotores.
Muñoz Ledo dice: “La Constitución será el núcleo para una nueva agenda nacional. Lo fundamental fue sembrar ideas”. ¿Ése es el fin del derecho? ¿Ése es el valor que protege? Hay una distorsión de la más elemental técnica jurídica. César Camacho no se midió: “Con esta Constitución inicia una larga vida de democracia y justicia social en la capital de todos los mexicanos”. ¡De haberlo sabido! “Nos atrevimos a abandonar la receta neoliberal para iniciar un camino de progresividad para erradicar la pobreza”. No lo dijo el “Brujo” de Catemaco, sino la senadora Dolores Padierna. “Juntos escribamos la historia de esta refundación de la Ciudad de México”. No son palabras de ningún virrey, son de Mancera.
Cuando se negó la posibilidad de conocer el costo que tendrían los derechos consignados en ella, se omitió un elemental ejercicio de política legislativa. Tenemos obsesión por las figuras de la democracia directa cuando aún no hemos logrado consolidar nuestra democracia representativa.
Un participante de la Guerra Civil Española dijo una frase que describe en mucho lo que estamos viviendo: “Cuánto cuento y cuánto estiércol”. En forma breve ahí están nuestros dos males: demagogia y corrupción.
Ha habido una gran algarabía con la revocación de mandato. Fui delegado por designación y me tocó ver muchas cabezas rodar por negligencia o desvío de fondos. Ahí sí había revocación de mandato. Hoy en las delegaciones son comunes los escándalos por corrupción con la correspondiente impunidad. Con un agravante: los protagonistas de estas conductas ilícitas continúan obteniendo cargos públicos.
Esto me lleva a la certidumbre de que desafortunadamente la brecha entre el México real y el México legal se profundiza. Este documento, que puede ser calificado de muchas formas menos de ser una ley, contribuye a ese contraste.

Cuarto Poder de Tamaulipas/