POLÍTICA DE PRINCIPIOS/ El plan o el hombre

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JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

Las polarizaciones dañan a las sociedades, imposibilitan el acuerdo y obstaculizan la toma de decisiones. Bastante prolíficos son los estudios sobre la democracia y sus fallas, inclusive llegan a ponderar a países con sólido crecimiento económico y capacidad de instrumentar políticas públicas gracias a la concentración del poder. Las confrontaciones que se ostentan como irreconciliables únicamente manifiestan una precaria cultura política y la negación del sentido común.

El tránsito de la convicción íntima a la decisión política significa un salto mortal.

Manuel Gómez Morin

En 1939, José Vasconcelos, consultado por los fundadores del PAN sobre la creación de un partido político, señaló: “La doctrina la improvisa cualquier leguleyo recopilando textos, y en política lo que interesa es la calidad de los hombres que representan la acción pública presente y futura”. Dos ideas con plena vigencia.

Jesús Reyes Heroles solía decir: “Primero el plan, después el hombre”, postulado que se ha venido machacando una y otra vez. Ya contamos con varios libros, propuestas, reflexiones, soluciones mágicas, repitiéndose cuestiones no definidas: “nuevo régimen”, “agotamiento de un sistema”, “otra política económica”, “cambio verdadero”, “la fuerza del cambio”, “decadencia y renacimiento”. Como dijera José Gorostiza en su poema Muerte sin fin, son palabras eléctricas nunca aprehendidas; no son una invitación a la reflexión serena, sino frases hechas que buscan más el efecto emocional y el impacto mercadotécnico.

Sí, requerimos del diálogo y del consenso. Por ello, discrepando de Vasconcelos, propongo un ejercicio para precisar los principios que deben orientar la elaboración de las tareas a emprender desde el poder público. Los principios son el arranque, motivan nuevas ideas y permiten encontrar coincidencias. Desgraciadamente, ha prevalecido la incongruencia entre propuestas y acciones.

Los únicos presidentes que resisten la confrontación entre su proyecto y sus acciones de gobierno son Benito Juárez (pensamiento liberal) y Lázaro Cárdenas (nacionalismo revolucionario). Un repaso por la actuación de otros presidentes reflejaría el contraste. Un ejemplo: como candidato, Carlos Salinas no propuso terminar el reparto de la tierra ni un Tratado de Libre Comercio ni devolver la banca a los particulares. En la autodenominada izquierda prevalece la obsesión de acudir a las ideologías y a las clasificaciones maniqueas, pero desde el poder han repetido las mismas fallas y se ha cedido a las mismas inercias. Los 20 últimos años del gobierno de la Ciudad de México muestran casos graves de corrupción, delegaciones convertidas en feudos, universidades costosas con resultados precarios, segundos pisos en lugar de transporte público o drenaje y agua potable en zonas paupérrimas.

Las polarizaciones dañan a las sociedades, imposibilitan el acuerdo y obstaculizan la toma de decisiones. Bastante prolíficos son los estudios sobre la democracia y sus fallas, inclusive llegan a ponderar a países con sólido crecimiento económico y capacidad de instrumentar políticas públicas gracias a la concentración del poder.

Las confrontaciones que se ostentan como irreconciliables únicamente manifiestan una precaria cultura política y la negación del sentido común. Porfirio Muñoz Ledo, con su obsesión de etiquetar y de descalificar, habla de “acuerdos guangos” y se niega a encontrar coincidencias. Este tipo de actitudes entorpecen la consolidación democrática cuando debemos esmerarnos en definir principios claros en los que todos podamos coincidir.

La segunda idea de Vasconcelos nos lleva a una reflexión repetida constantemente por los estudiosos de la política: la obsesión por el hombre indispensable, por el caudillo, por el Tlatoani. ¿Es viable el remedio sin un líder? ¿Es factible un Estado de derecho sin un trabajo político previo para eliminar el uso de la fuerza legal? Estas reflexiones son de urgente y obvia resolución. No se trata de regresar a la época de los hombres indispensables, pero sí a la necesidad de auténticos líderes políticos como han tenido las naciones que han logrado cambios profundos.

 

Cuarto Poder de Tamaulipas/