POLÍTICA DE PRINCIPIOS/ El Estado empresario

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JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

Desde 1940 el sindicato exigió el cumplimiento de las prestaciones acordadas al crearse la paraestatal, incluso Alemán, en 1946, usó al Ejército para doblegar su actitud amenazante.

La idea de una vida sin mito es en sí un mito.
John Gray

Me uno a las diversas explicaciones ante el gasolinazo: falló el nacionalismo revolucionario. El Estado, emanado de la Revolución Mexicana, fue concebido como empresario, en lugar de ser rector de la economía. Se culpa al neoliberalismo, cuando lo cierto es que todas las empresas públicas fracasaron por sus enormes desviaciones.

La realidad siempre cobra las facturas, el paso del tiempo es impiadoso verdugo de errores y equivocaciones en todas las actividades, en la vida pública y en la privada, en lo individual y en lo social.

El Estado mexicano asumió tareas que la ley no le señala y para las que no encontramos explicación razonable. Por el contrario, no ha cumplido con su obligación elemental: otorgar servicios públicos y proteger los derechos del ciudadano.

Veamos el caso de Pemex, una empresa creada sin planeación alguna, sin estudios previos, como respuesta a la decisión valiente del presidente Lázaro Cárdenas en defensa de la soberanía nacional. Desde sus inicios, el Estado le inyectó recursos y hubo señalamientos de corrupción.

Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán cedieron a la presión y reconocieron a las empresas extranjeras el pago por el petróleo ya descubierto. Desde 1940 el sindicato exigió el cumplimiento de las prestaciones acordadas al crearse la paraestatal, incluso Alemán, en 1946, usó al Ejército para doblegar su actitud amenazante. Sería hasta 1973, cuando se descubrieron los pozos en el norte de Chiapas, que se superó la producción obtenida en 1921 por las empresas privadas (200 millones de barriles).

Se habla mucho de lo que Pemex le ha dado al erario. Sin embargo, si se consideran las pérdidas absorbidas por el gobierno y los impuestos que hubieran pagado las empresas privadas, así como los inmensos pasivos de la empresa, el fisco perdió con la expropiación. Todo derivó de la decisión de José López Portillo de solicitar préstamos en el extranjero, con el petróleo como garantía. Recordemos su famosa y fatídica frase: “México debe educarse para administrar la abundancia”.

A la falta de fines claros en su manejo, se agregan corrupción y la designación política, no técnica ni experta, de sus directivos. El último director de seis años fue Francisco Rojas (1987-1994). Emilio Lozoya Austin cometió un acto de irresponsabilidad de magnitudes descomunales. La idea misma de hacer una refinería cuando las seis existentes son un rotundo fracaso no tan sólo fue una política equivocada, sino una estupidez de muchos cientos de millones de pesos. Los grandes capitales desperdiciados por la pésima gestión de las empresas públicas serían suficientes para pagar nuestra deuda. Tan sólo recordemos los mil 500 millones del Pemexgate para financiar la campaña priista del año 2000.

La frase de Alfonso Reyes, según la cual hemos llegado tarde al banquete de la civilización, constituye una verdadera maldición. Actuamos tarde y de manera inoportuna. En algún momento los precios tenían que ser liberados ante la imposibilidad de mantener los subsidios. La Reforma Energética se pospuso por varios años por estar aferrados a mitos y a mezquindades. Si esta se hubiera hecho hace dos décadas, cuando se empezó a plantear la modificación jurídica del sector energético y con el precio del barril al doble de hoy, estaríamos en una situación totalmente diferente y nuestra economía sería mucho más sólida para enfrentar los retos mayúsculos que este 2017 nos presenta.

Urge encontrar soluciones. Por favor, sacudámonos telarañas ideológicas, veamos nuestra realidad con objetividad para encontrar las soluciones idóneas. Superemos simplezas y etiquetas y pongamos los puntos sobre las íes para deslindar responsabilidades y compromisos.

Cuarto Poder de Tamaulipas/