POLÍTICA DE PRINCIPIOS/ El ejemplo de Fidel

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JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

De aquí en adelante, sin ser alarmista, cualquier cosa puede suceder. La olla tiene todo tipo de ingredientes y lo raro sería que saliera el vapor sin mayor estremecimiento.

Despreciad las pequeñeces, levantad vuestro ideal.
Ralph Waldo Emerson

¿Cómo podríamos denominar a mi generación? Se nos identifica como los “sesentayocheros”, por el año en que irrumpimos en el escenario nacional, pero por lo acontecido en los siguientes años, bien podríamos denominarnos “la generación de los eventos no aptos para cardiacos”. Hemos visto de todo y hemos sido sacudidos por acontecimientos de toda índole. Tal vez el momento de mayor incertidumbre sea el actual. De aquí en adelante, sin ser alarmista, cualquier cosa puede suceder. La olla tiene todo tipo de ingredientes y lo raro sería que saliera el vapor sin mayor estremecimiento.

Ante el deceso de Fidel Castro Ruz, centraría el debate en el perfil idóneo de los líderes latinoamericanos. Ése debe ser el enfoque para evaluar a Castro. Para ser juez de horca y cuchillo, es preciso analizar lo rescatable de su desempeño; extraer de su liderazgo aquello que sea conveniente imitar.

Fidel Castro supo leer el momento histórico al hacer una revolución para derrocar a Fulgencio Batista. Pensar hoy en la violencia como solución en América Latina nos llevaría a un rotundo fracaso, como lo han probado las guerrillas, los golpes de Estado y las confrontaciones estériles. Al asumir el poder, el líder cubano tenía un dilema: continuar con lo planteado en su famoso discurso al asumir su propia defensa en 1956 (llevar a su país a la democracia) o el camino por el cual optó en 1961 al declarar que la revolución cubana era marxista-leninista.

A diferencia de Nelson Mandela, quien asumió un deber, Fidel se embarcó en una aventura. Prefirió ser dictador a ser estadista. Optó por el caudillismo en lugar de gobernar y confirmó, en los hechos, lo que ha sido una tragedia en América Latina: es fácil subvertir el orden, pero muy difícil construir el bien común desde el poder. En lugar de cuidar a su pueblo, escuchó voces de sirenas al encabezar causas más allá del compromiso adquirido. Fue tanta su obsesión protagónica que, si por él hubiera sido, en 1962 se habría dado una tercera conflagración mundial. Prevaleció su ambición por el poder, lesionando derechos humanos y cometiendo crímenes de Estado. Con toda certeza, en el corto plazo aflorarán actos que lo condenan.

El día de ayer vimos los últimos destellos de una oratoria obsoleta, estridente, megalómana, poco convincente. Todavía no hemos dimensionado el daño que continuará haciendo el sistema castrista a Cuba. La carga sobre Raúl Castro es enorme y el peor legado, un pueblo dividido.

En resumen, Fidel Castro no corresponde al perfil de los líderes latinoamericanos hoy requeridos. Y no por su ideología o por profesar el marxismo, sino por su personalidad, por su carácter, por adormecer su conciencia y ser afectado por la vieja enfermedad de la hybris; por darle prioridad a sus dogmas frente a los reclamos de la realidad.

La historia le dio a Castro varias oportunidades para rectificar: grupos de intelectuales de todas las naciones lo llamaron a la cordura, tuvo ejemplos a seguir como el de Mijaíl Gorbachov o el del mismo Mandela. Se aferró a sus creencias y cometió un desliz cuando, en alguna entrevista, reconoció que su sistema económico ni siquiera en Cuba funcionaba.

Lo peor en política —lo confirma la historia— es la resistencia del gobernante para asumir las consecuencias de sus errores y actuar en consecuencia y en el pecado llevó la penitencia. Como bien lo dice Mario Vargas Llosa: “La historia no lo absolverá”.

¡Qué bello principio! ¡Qué triste final!

La conclusión es clara: efectivamente, Fidel Castro es un ejemplo, una referencia para toda América Latina, pero de aquello que no se debe hacer. Ése es, al final, el dramático saldo.

Cuarto Poder de Tamaulipas/