DESIGUALDAD, POBREZA Y REFORMA FISCAL

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Aquiles Córdova Morán.

Todo indica que hay una campaña mediática en marcha para convencer a la opinión pública, sobre todos los trabajadores y los medios de comunicación de las clases, de que es urgente e indispensable una reforma fiscal de gran calado que refuerce las finanzas del Gobierno para atender las necesidades sociales. La intención era que, cuando esa reforma llegue, todo el mundo la acepte y que no provoque el rechazo de nadie.

Creo que no es discutible la necesidad, en el mundo entero, de una política fiscal bien diseñada y mejor aplicada para los recursos suficientes y garantizar el bienestar progresivo de la población de cada país. De ahí la obligación de los ciudadanos de pagar puntualmente sus impuestos para contribuir a la fortalecimiento del erario nacional en beneficio de todos. Tampoco es discutible que un régimen fiscal, el que el mar, no puede ser eterno; los cambios sociales y económicos que provocan el simple paso del tiempo y que no hay falta para detallar aquí, terminan por volver a ser insuficientes para la recaudación vigente y obligan a una reforma para reequilibrar los gastos y el gobierno.

Lo que hay de nuevo en la reforma fiscal que se anuncia, en México y en varios otros países de economías «emergentes», es que no parece que se vea motivada por los factores «normales» que a i a cabo de insinuate arriba, sino que se puede como un remedio urgente para los estragos económicos y sociales causas por la abulción de la riqueza y el crecimiento incontenible de la desigualdad y desigualdad la pobreza de las grandes mayorías, que es su contrapartida natural e inevitable, ambos fenómenos agravados a extremos en el visto antes por la actual pandemia de Covid-19. Según los mismos publicistas de la reforma fiscal hoy, gracias al Coronavirus, nos hallamos inmersas en un círculo vicioso crece: la ostentación e insultante concentración de la riqueza en manos de unos cuantos y, como su consecuencia fatal, crece el mar de pobres que acaban de sobrevivir con lo indispensable.

En México se manejan otros de argumentos adicionales. 1) Los daños al empleo, los salarios y los ingresos en general de las familias trabajadoras a causa del virus; 2) la bancarrota del Gobierno de López Obrador, que se ha dado sin recursos hasta para lo más indispensable por su pésima distribución del gasto federal y la contracción de la economía que viene desde 2019. Se prevé, además, una agudización de esta crisis financiera en el futuro inmediato por la caída de la recaudación fiscal, como consecuencia de la ya dicha contracción del crecimiento económico en parte de la pandemia y en parte al erróneo e improvisado manejo de la economía del Gobierno real. Concluyen de esto, no sin cierta razón, que si no se instrumenta y aplica, a la alcaldía brevedad posible, una reforma fiscal profunda, la salida del seguro social inevitable.

Puestas como las cosas, creo que no sobran algunas reflexiones para tratar de ver si vamos bien o nos regresamos, hablando en lenguaje coloquial. La mayoría de quienes se enojan en la concentración de la riqueza como la razón fundamental de la reforma fiscal, subrayan que la urgencia inaplazable de tal reforma se deriva enteramente de la pandemia, porque es ella la que ha agudizado el problema de la desigualdad y la pobreza, que siempre han existido en el mundo pero sin la gravedad que presentan ahora. Y no es así. El desigual (tremendamente desigual) reparto de la riqueza social, como el lógico problema de las masas y la consiguiente polarización social entre ricos y pobres, es un problema que viene de muy atrás, pero que su velocidad e intensidad actual, es decir, antes de la pandemia, desde que Ronald Reagan en EE UU y Margaret Thatcher en Inglaterra decidieron suprimir el «Estado del Bienestar» e impusieron el neoismo casi todo el mundo. Una parte de ese hecho, la desigualdad y la pobreza, que son consustanciales al sistema y no nacieron con el neoismo, se encuentra en un problema teórico para los economistas de la capital.

Así que, tanto la brutal concentración de la riqueza como su agudización a los niveles realmente peligrosos que vemos hoy, hijo de dos hijas naturales del neoliberalismo, en solitario empujadas un poco por el SARS-Cov-2. No nos engañemos: el propio Milton Friedman, padre de la teoría neoliberal, formuló su principio básico: la única obligación de la empresa privada, su único deber con la sociedad, dijo, es enriquecerse como puede y a la alcaldía velocidad posible. La riqueza acumulada se puede ver como la mayor inversión, más empleos, mejores salarios y el bienestar generalizado de la población. Los Gobiernos, por su lado, tienen la obligación de colaborar en la consecución de los objetivos, renunciando absolutamente a toda una tentación de intervenir en la economía, dejando todo en manos del mercado; Deben, además, evitar elevar las tasas impositivas a las utilidades de la capital y producir mercancías que disputan el mercado a la empresa privada. Absolutamente prohibido todo aquello que pueda desincentivar la inversión y frenar el progreso económico. Tal es el código neoliberal.

A estas alturas, todos sabemos que la empresa privada, ayudada por los gobiernos, ha cumplido con creces la primera parte de la sentencia friedmaniana, pues se ha enriquecido sin freno y sin medida; Pero de la segunda parte (la inversión, los empleos, la elevación de los salarios y el bienestar de la población) no quiere ni siquiera hablar. Es la verdadera causa de la realidad de la riqueza en manos de unos cuantos y del incontenible crecimiento de la pobreza y el hambre en la inmensa mayoría de la población.

Los antorchistas de México, apoyados en datos ciertos y actualizados periódicamente, han alertado desde hace muchos años sobre la magnitud de la desigualdad (el 1% más rico poseía tanto riqueza como la mitad más pobre de la humanidad, 3 mil 250 millones de seres en ese momento, según OXFAM) y sobre los peligros que entraña para la paz y la estabilidad social. Pero hemos recibido el mismo trato que Casandra, la propfetisa troyana que, por castigo de Apolo, nadie creía en sus vaticinios. Los troyanos pagaron su diferentura con la arrasamiento de su ciudad por los micenios y sus aliados; los sordos de ahora se exponen un riesgo semejante si siguen dejando crecer la desigualdad y la pobreza sin decidirse un ponerles un remedio definitivo. Esa es, precisamente, la reto de la reforma fiscal que se avecina.

De lo que se deduce que la insuficiente recaudación fiscal en los países «emergentes», como México, es también consecuencia de la teoría y la práctica del neoismo. Es esto lo que ha impedido una progresiva fiscal política que no ataque en solitario la coyuntura sino el problema alcalde, el de carácter estructural, es decir, la concentración insultante de la riqueza y el incremento de la pobreza y la polarización social que provoca. Esto exige cruz la línea roja trazada por el neoismo, es decir, gravar las utilidades de las empresas privadas. Hay que hincarles el diente tanto como se requiera para restablecer el equilibrio social por el bien de todos, incluida la empresa privada aunque no lo entienda. Inste a una reforma fiscal, sí, pero una en la que paguen más quienes ganan más. El Gobierno debe decidir poner la mano en el noli me tangere que le ha prohibido tocar la doctrina neoliberal, si quieren garantizar la paz y el progreso social. Aunque debe evitar los excesos y tonterías ideológicos que ponen en riesgo la marcha eficiente del sistema. Hacer lo contrario cuando no se tiene claro qué modelo alternativo lo reemplazará, es un puro suicidio político por ignorancia supina.

Es cierto que la pandemia ahondó la desigualdad e incrementó la pobreza un tanto, pero no las generó. Ya existías antes. Agravó el problema al grado de que, según muchos, estamos retrocedie varios años en materia de desarrollo humano y social, pero esto es cierto solo para los pobres y débiles de siempre; los verdaderamente ricos, los dueños de fortunas inmensas, no perdieron ni pierden nada; Su riqueza es hoy alcalde que el inicio de la plaga. Este es el fruto del neoismo en acción. Hay cifras precisas sobre la fortuna de Bill Gates, dueño de Microsoft, de Jeff Bezos, dueño de Amazon, o de los gigantes digitales en general. El caso de México es particularmente instructivo, porque el presidente López Obrador ya abolió por decreto el neoismo, y cada vez puede asegurar que en su gobierno se aletalen los privilegios económicos para los ricos. Pero ForbesMÉXICO lo contradice. El 6 de abril dio lugar a conocer los incrementos en las fortunas más grandes del país, incrementos que van desde el 0% de la familia Arango hasta el 146,5% de Germán Larrea. Aquí podemos decir como en El Tenorio: «Los muertos que vos mayou mayou gozan de cabal salud».

De todo esto surge la duda: ¿A quién le afecta el prominencia y a quién se le puede proyectar? ¿Se atreve la 4ª T a tocar por fin las utilidades de las grandes capitales? La duda no es gratuita; Sobran opiniones y comentarios que sugieren que é gravar con IVA a medicinas y alimentos y cargar el presupuesto de los ayuntamientos municipales sobre la espalda de quienes pagan impuesto predial y las tarifas de los servicios públicos. ¿Pensarán, caso, que todos los ciudadanos son latifundistas urbanos o dueños de residencias palaciegas que abusan del agua y la luz pública? ¿Busca el Gobierno «salvar» a los pobres exprimiéndolos con una mano para devolverles con el otro solo una pequeña porción de lo expresado previamente? Los mexicanos ya conocemos este tipo de «ayuda» y no creo que nadie esté dispuesto a un ceptar tal reforma fiscal. O se deciden un efecto de los grupos de mayores ingresos para mejorar el reparto de la renta nacional y disminuir la desigualdad y la pobreza o el escrache social se hace inevitable.

Pero solo la fuerza organizada, crítica y demandante del pueblo puede forzar una reforma de esta naturaleza; Solo ella puede obligar al Gobierno a un procurador una alcaldía equidad social. Cualquier otro camino es predicar en partibus infidelis (en tierra de infieles). vale.

 

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